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La Cantería

 

 

Los canteros fueron uno de los principales gremios, por no decir el principal, de los que intervinieron en la construcción de un edificio medieval, encontrando su huella fácilmente en los edificios religiosos, como son las catedrales, iglesias y ermitas.  Los otros dos gremios de vital importancia son los herreros y los carpinteros. Constructores herederos de un saber ancestral de aquellos hispanos que ya intervinieron en la edificación del templo de Salomón, a petición del bíblico monarca a la reina Hiram. Nos ocuparemos exclusivamente de los canteros, aquellos operarios que se dedicaban a trabajar la piedra, material sagrado por excelencia desde las más antiguas civilizaciones, que arrancan desde la época megalítica.  Con el correr del tiempo también pertenecieron a este gremio los albañiles o “amasadores”, acepción que nos sonará a la más grande hermandad hermética y esotérica que, desde aquella época, perdura en nuestros días: los masones que conformarán la Masonería.

 

La huella enigmática de los canteros, imperecedera a lo largo de los siglos, son las marcas que hicieron en las piedras por ellos trabajadas.  Son las llamadas “marcas de canteros" y en ocasiones también se las llama “firmas de canteros” o”marcas compañeriles”.

 

Entre las variopintas explicaciones que se han dado a las marcas esculpidas en las piedras por los canteros consultores medievales, las más conocida     es la que sostiene que las hacían para cobrar su salario, según la cantidad de piedras labradas.  No pongo en duda  que una de las funciones fuera contabilizar el trabajo realizado para cobrar el salario por una especie de destajo.  Sin embargo, si esto era así, ¿por qué perder un tiempo precioso en hacer unas marcas que, en ocasiones, eran verdaderas filigranas en las que el tiempo empleado debió ser considerable?.  Además, los troceadotes, desbastadores, etc. ¿cómo cobraban?.  Por otro lado hay que distinguir entre las marcas, propiamente dichas, y las señalizaciones indicativas para facilitar la colocación y orientación de las piedras labradas, con objeto de que los operarios encargados de hacerlo, lo hiciesen correctamente, de acuerdo con las instituciones o planos entregados a unos y otros.  Ni qué decir tiene que, a base de ver y oír, debieron dar respuesta a muchas preguntas que surgieron al tener que trabajar unas figuras, formas y dimensiones, para ellos un tanto extrañas.  Saber el “por qué” y el “para qué”.  Era preciso conocerlos para lograr perfección en la percepción y acabado de su trabajo.  Esto debió ser así siempre y cuando no conociesen ya de antemano los rudimentos básicos o avanzados de su labor.  Por ello, dentro del oficio, había unos grados según la sapiencia de cada individuo: aprendiz, oficial, maestro, etc.  En una palabra, eran iniciados y progresivamente adquirían más sapiencia e iniciación.

 

Hagamos un paréntesis ilustrativo.  No sé qué habrá de cierto, o si será todo verdad, lo que refiere la siguiente anécdota:

 

Cuentan que, cierto día, el rey Fernando III visitó las obras de la catedral de Toledo en construcción.  Cuando llegó, llamó su atención un grupo de trabajadores que se afanaban en cargar bloques de piedra en un carro tirado por cuatro acémilas.  A ellos se dirigió el monarca y pregunto:

 

-          Vosotros, ¿qué hacéis?.

 

-          Señor, llevamos piedras, recién llegadas de la cantera, a aquellos obreros de allí.

 

Se dirigió el rey hacia aquel lugar y preguntó de nuevo:

 

-          Vosotros, ¿qué hacéis?.

 

          Nosotros, señor, con el martillo y el escoplo, alisamos las caras de las piedras, les damos forma, según las instrucciones y dibujos del maestro (encargado) y las llevan a aquel cantero.

 

Allá que se caminó el rey y preguntó otra vez:

 

-          Tú, ¿qué haces?.

 

-          Señor, yo trabajo las piedras y, según los planos y dibujos de mi  maestro, las dejo listas para ser colocadas.

 

Llamó la atención del rey un personaje que, con un vestido talar oscuro y un bastón con forma de T en la mano derecha, estaba de pie en lo que luego sería la entrada de la catedral.  Fue hacia él y preguntó:

 

-          Vos, ¿qué hacéis?

 

A lo que el enigmático personaje respondió flemático y con orgullo:

 

- Yo, majestad, ¡construyo catedrales!.

 

Era el Maestro Constructor, el arquitecto.

 

Retomemos el hilo que hemos dejado suelto.  Pero, ¿qué es eso de la “iniciación”?.  Dice el diccionario que iniciación es la acción y efecto de iniciarse.  Al mismo tiempo iniciarse es reflexivo del verbo iniciar, sinónimo de comenzar.  Por lo tanto iniciarse significa comenzar algo para sí.  Si nos entretenemos en comentar adecuadamente lo que significa “iniciación”, nos saldremos de contexto y de espacio, pues merece un trabajo aparte esta palabra, como el que he dejado por ser muy extenso.  La iniciación aquí expresada, se refiere a un comienzo de la búsqueda del saber, el cambio a una nueva vida o a un nuevo concepto de la misma.  Por ello la cantería significó un estilo de vida, comparable a una religión.

 

Todos guardaban celosamente los secretos de su oficio.  Se constituyeron en cofradías y cada una de ellas tenía sus formas y secretos, con unas las reglas o reglamentos tácitos, en sus inicios, que todo el mundo respetaba por ser ésta una norma de estilo de vida.  Y digo en sus inicios porque luego se regirían documentalmente por estatutos.  Los más conocidos son los de de Bolonia de 1248.  Con 61 artículos reglamenta los deberes y derechos de cada gremio y de cada categoría laboral.

 

En la puerta de entrada a la iglesia medieval de Castellote (Teruel), puede contemplarse el escudo o marca del maestro consultor de la misma.  En el primer cuartel se ve su marca de cantero, que nos indica el gremio al que perte-necía, así como la cofradía a la que estaba afiliado.  Una marca que puede verse en diferentes lugares, tal vez como control de los trabajos hasta allí realizados.

 

El segundo cuartel lo ocupa una herradura, lo cual nos hace saber que era caballero o cabal-lero (“iniciado”).

 

En el tercero se ve un arco, indicativo de su condición de constructor de edificios, sobretodo iglesias y catedrales.

 

Finalmente, en el cuarto, presenta su cualificación para construir puentes (“pontífice”).

 

 

Las marcas o firmas de sus componentes tenían una base o raíz que las hacía reconocibles.  Todas son diferentes y cada cantero tenía una propia. Aunque un pariente, incluso un hijo, perteneciese a la misma cofradía y las marcas parezcan iguales, siempre hay algún pequeño detalle que las diferencia.

 

¿Qué nos dicen las marcas de los canteros?.  Entre otras muchas cosas, nos ayudan a datar la construcción de los edificios, puesto que si nos encontramos una misma marca en dos construcciones diferentes, incluso considerablemente distanciadas una de otra, dada la expectativa de vida en aquella época, podemos calcular los años de construcción de cada edificio o posibles errores en la datación de los mismos.  Naturalmente debemos estudiar detenidamente la marca en cuestión antes de atrevernos a emitir juicio u opinión.  Nos permiten calcular el número de canteros labradores de piedra que trabajaron y, por lo tanto, cuántas cofradías intervinieron.  Nos permiten estudiar las formas y la intención de las marcas, pues son de lo más variado que pueda uno imaginarse.

 

De las, aproximadamente, 500 marcas españolas en mi poder, todas diferentes, las hay de todo tipo: lineales, de formas geométricas, representación de objetos (generalmente herramientas o armas blancas), geométricas, de forma indefinida, etc. Curiosamente las hay rúnicas, es decir, que parecen runas germánicas o bien tienen a éstas como base.

 

Además de las marcas o firmas, los esculpidores de la piedra nos dejaron otros grabados diferentes.  Me refiero a los grafitis. Misteriosos dibujos grabados en la piedra con un significado o simbolismo esotérico, encriptado u oculto.  Es indudable que tienen algún significado, porque demostrado está que, en este tipo de construcciones, nada se hace al azar, sin razón o porque es simplemente ornamental o queda bonito.  Todo el conjunto de huellas dejadas por los constructores y  artistas, forman parte del esoterismo medieval, todo forma parte de la “expresividad iniciática”.

 

Describir lo que conlleva la palabra “esoterismo” sería una labor muy extensa.  Recordaremos, no obstante, las palabras que escribió René Guénon en “El esoterismo de Dante”: "...el verdadero esoterismo es algo muy diferente a cualquier característica de una religión externa y, si se presenta algún tipo de relación con ésta, no puede ser sino mediante una consideración que supone a las formas religiosas como un modo de expresión simbólico. Poco importa, por lo demás, que esas formas correspondan a tal o cual religión, puesto que se trata de una unidad doctrinal esencial que se oculta detrás de una diversidad aparente. Por ello, los antiguos iniciados participaban de modo indistinto en todos los cultos exteriores, adhiriéndose así a las costumbres establecidas en los países en donde circunstancialmente se encontraban."

 

Pronto se coordinó y aglutinó mejor todo aquel saber iniciático y esotérico.  Aparece la Masonería; nombre que tomó de aquellos constructores, del gremio de “amasadores”, albañiles.  “La Masonería o Francmasonería, agrupa a las distintas organizaciones y asociaciones que a lo largo de la historia se han caracterizado por adoptar el principio de fraternidad mutua entre sus miembros, por la profusión de símbolos identificadores de contenido sólo reconocible para los iniciados, por principios racionalistas y promotores de la paz, la justicia y la caridad, y por su estructuración en pequeños grupos denominados logias que determinaron su condición de sociedades secretas”.  (Definición exotérica de la enciclopedia Encarta que, como es lógico, es muy ampliable y discutible en algunos puntos.  Pero dejémoslo así.)

 

Un trabajo aparte merecen los escultores de piedra.  Aquellos que con sus enigmáticas e inquietantes imágenes escribieron un gran libro iniciático y esotérico, sobre todo en las iglesias y catedrales.  Aunque no deben considerarse canteros sino escultores de imágenes, también trabajaban la piedra, pero dando vida y significado aleccionador a sus obras, con representaciones de los más diversos misterios y de mistéricos significados.

 

Figuras corpóreas hieráticas o profanas, púdicas o vergonzosamente impúdicas a los ojos de un no iniciado que no sabe “leer el libro”.  Cómicas o verdaderamente horripilantes, mordaces y satíricas. En solitario o secuenciales, como las esculpidas en canecillos o capiteles.  Colocadas en lugares especialmente visibles, como tímpanos, pantocrators, aleros de los tejados, gárgolas, pórticos y portadas...  O en recónditos lugares sólo visibles para el ojo que las busca.  Figuras que están de pie o sedentes, de cuerpo entero o sólo los bustos.

 

 

¿Quién no han contemplado escandalizado, en una catedral, un macho cabrío copulando con una mujer, que se supone virgen, o a otra pariendo una calavera?.  ¿Quién no ha sonreído al ver unos cómicos monos tapándose las orejas, los ojos o la boca?  ¿Y a un asno tocando la flauta?.  No cabe duda que los maestros que esculpieron tales figuras eran especialistas en mensajes crípticos con un alto grado de iniciación.

Manuel Jesús Martínez Fabón

 




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